Crónica de KING CRIMSON en Madrid (segunda noche)

kingcrmsonKING CRIMSON: Palacio de Congresos (Madrid) – Martes, 22 de noviembre de 2016…

Tarde fría y lluviosa de martes, en un lugar poco habitual para los que profesamos la fe metálica. Fuera: ambiente extraño, comentarios extraños, público extraño en los alrededores del Palacio de Congresos, en el madrileño Campo de las Naciones (IFEMA). Todo es tan extraño que hasta dos coches se dan un golpe en la misma puerta, como en una performance callejera, delante de cientos de ojos que asisten impertérritos al desenlace (aburrido pero, afortunadamente, sin violencia, tragedias ni sangre).

madrid1venue-w880Dentro: sofisticación, pulcritud, butacas, acomodadores que amablemente te acompañan a tu asiento reservado… Es lo habitual en escenarios como éste, pero sin duda está en el polo opuesto de lo acostumbrado en el entorno del rock y del heavy metal. Y sin embargo allí estamos, impacientes. No me malinterpreten, no es que no estemos cómodos (todo lo contrario), es la sensación de haberte equivocado de lugar y estar un tanto desubicado. Del mismo modo (incluso como consecuencia de lo anterior), hay sensaciones encontradas a la hora de enfocar lo que estamos a punto de ver (y escuchar). Por un lado, es un concierto de rock. Progresivo, sí, pero rock a fin de cuentas (al menos teóricamente). Por el otro, el entorno, reservado a grandes intérpretes del mainstream y de las artes escénicas, es un claro indicativo de que no es un concierto de rock “al uso”. Ni siquiera de rock progresivo “al uso”.

Es lo que ocurre cuando el protagonista es una leyenda de la música, de la cultura, y como tal hay que afrontarlo: lo que vamos a ver es un lujo, y el envoltorio está acorde con la ocasión… Una vez pasada la barrera de la primera impresión, e incluso la barrera del hall para acceder al auditorio, lo primero que llama la atención son dos cosas: los cartelones en los que se advierte que no se puede grabar ni hacer fotos (de lo contrario “podrá ser invitado a abandonar la sala”), y las tres baterías situadas al frente del escenario. Ni en lo sueños más húmedos de un percusionista rockero se ha visto tal declaración de intenciones. Así, espoleados por los mensajes y por la puesta en escena, los fotógrafos y modelos amateur se apresuran a retratarse al borde de la tarima, antes de que sea tarde…

Llegan las 21:00, y un mensaje de audio nos recuerda, con genuino humor inglés, que lo de los carteles va en serio, invitando en su lugar a grabar con los ojos, los oídos y los sentidos. Casi mejor, porque uno ya está harto de esquivar pantallas de teléfono móvil en los conciertos, que no dejan disfrutar de los artistas como se merece… Seguramente ahora estarán pensando que soy un pelma, y que estoy tratando de esquivar la crónica de lo que fue el concierto en sí. No es así, pero créanme cuando les digo que es necesario describirlo todo, porque todo cuenta, todo importa. No se puede hablar de KING CRIMSON sin hacer alusión a los detalles que lo rodean, porque si algo describe un concierto de ellos es, precisamente, eso: las sensaciones. Tratar de transmitir a través de unas líneas lo que dio de sí el show es… materialmente, imposible. Y tratar de hacerlo narrando simplemente el setlist es absurdo, directamente. De hecho, si lo que buscan es eso, vayan al final de la crónica, que está la lista completa.

madrid1bckst4fingers-w880La legendaria banda británica salió al escenario comandada en la sombra por su líder absoluto, Robert Fripp. No es Fripp un tipo afable, dicharachero, ni al que le gusten los focos. Es uno de esos genios a los que parece que les molesta la fama o el reconocimiento público. No hay más que ver la disposición en el escenario: las tres baterías de Pat Mastelotto, Jeremy Stacey y Gavin Harrison delante, y en una segunda línea, en alto, Mel Collins (encargado de todos los instrumentos de viento), Tony Levin (prácticamente como frontman, al bajo, stick y contrabajo eléctrico), Jakko Jakszyk (voz y guitarra) y, escondido y casi a oscuras en un lateral, Robert Fripp, con sus auriculares, sus gafas, su sintetizador… y su guitarra, claro.

Desde el principio, cuando Mel Collins y su flauta dieron las primeras notas, y los tres baterías empezaron su actuación, solos, con dobles baquetas en ambas manos, se pudo comprobar que el sonido estaba milimetrado, controlado en todos los parámetros, para ofrecer una experiencia auditiva fuera de lo común. Todo estaba en su sitio, con una ecualización perfecta, evitando estridencias, jugando con la experimentalidad y buscando una sonoridad envolvente.

Muchos eran los detalles que delataban el cuidado obsesivo del sonido, como los aparatos electrónicos que todos los músicos tenían para controlar sus instrumentos, o la mampara que separaba a Mel Collins de Pat Mastelotto, con el fin de evitar vibraciones por simpatía entre los suyos (propia de estudios de grabación y orquestas sinfónicas). Incluso los más observadores se darían cuenta de que las tres baterías eran de marcas distintas (DW para Mastelotto, Tama para Stacey, y Sonor para Harrison), y que los juegos de platos también lo eran (Paiste, Istanbul y Zildjan respectivamente). Detalles curiosos, imperceptibles para algunos tal vez pero para nada casuales.

La interpretación fue, simple y llanamente, magistral. Es evidente que todos y cada uno de ellos están ahí por algo, y a nadie se le escapa que Fripp, vigilante en todo momento desde su esquina (cual profesor en un examen más que como compañero de banda), no va a tolerar fallos que den al traste con su idea de lo que debe ser la música y la performance de su criatura. En este sentido, cabe destacar también el perfil tan diferente de sus acompañantes, con el fin de complementarse mutuamente. Así, los tres baterías, al igual que sus instrumentos como decíamos, eran completamente distintos: mientras Gavin Harrison es un batería puro, Mastelotto es un percusionista más propio de una orquesta que de un grupo de rock. Lo mismo tocaba los parches que sacaba unos platos, movía una carraca, golpeaba un gong o hacía sonar unos juguetes (literalmente). En el centro, Jeremy Stacey ponía orden, casi más pendiente de mediar y de introducir sonidos con el sintetizador que de las baquetas. El espectáculo hipnótico que ofrecían los tres tocando al mismo tiempo fue realmente embriagador.

madrid2bow2aud-w880Por detrás, Tony Levin ha conseguido introducir su stick y su estilo tan particular en el sonido del grupo, siendo capaz de alternar bajo y contrabajo sin pestañear durante el transcurso de un mismo tema. Collins, superviviente de la primera época de la banda, se desenvuelve en sus dominios con una soltura pasmosa, casi al margen de lo que ocurre más allá de su mampara. La voz de Jakszyk es suave, melódica, muy clásica, cercana a los grandes cantantes de AOR, y su técnica como guitarrista es más que correcta, ofreciendo soporte a Fripp en los pasajes en los que éste se dedica al teclado, mellotron o, simplemente, la dirección del entramado. De este modo, uno casi se olvida de que Robert Fripp está ahí. Pero claro, suena la guitarra y enseguida recuerdas quién está moviendo la maquinaria. Impecable.

El setlist, extenso (lo cual ya es significativo, teniendo en cuenta que los propios temas de por sí ya son muy largos), estuvo dividido en dos partes (la segunda, más corta, con carácter más instrumental que la primera) y enfocado a repasar, sobre todo, su primera y más gloriosa época de final de los sesenta y principio de los setenta, y la última, con atención a su más reciente trabajo, Radical Action To Unseat The Hold of Monkey Mind‘ (2016), del que interpretaron varios temas, como “Suitable Grounds for the blues”, “Interlude”, “Radical Action II” o “Devil Dogs of Tessellation Row”. Como era de esperar, los más ovacionados de la noche fueron los correspondientes a su primer álbum, In the court of the Crimson King (1969), como el que le da título al disco, “Epitaph” o el fantástico “21 Century Schizoid Man” (con el que cerraron, y durante el cual pude ver incluso a alguien retorciéndose en su asiento mientras tocaba riffs imaginarios).

Más allá del sonido, la puesta en escena fue muy sobria, con el grupo dispuesto en dos niveles, y con unas luces blancas, estáticas, que no cambiaron hasta la penúltima canción del concierto (“Starless”), cuando tornaron totalmente a rojo. El momento fue sin duda muy vistoso, aunque sólo fuera por la sorpresa de la diferencia a estas alturas del show. Desde un punto de vista particular fue una de las pocas cosas que reprochar, ya que un juego de luces más dinámico hubiera contribuido, sin lugar a dudas, a ofrecer una mayor sensación de espectáculo. Pero mirándolo desde otro ángulo, y conociendo a Fripp, seguramente fue así para que la atención se fijara exclusivamente en la interpretación. Manías de genios… Puede que éste fuera también el motivo para el extremado estatismo de los músicos, que no movieron los pies de las marcas en las tres horas que estuvieron sobre el escenario.

madrid1aud3-w880Termina el concierto. Dentro: algarabía, aplausos, vítores, y cámaras, muchas cámaras, para inmortalizar al grupo (que no la actuación, como ya se ha explicado al principio). Todo vuelve a ser extraño, empezando por la imagen de ver al público fotografiando a los músicos… que están fotografiando al público. Salida ordenada, como en el cine o el teatro, y gente que sale en silencio, procesando lo que acaba de digerir. Fuera: alegría, caras de asombro, como si hubieran visto a una panda de alienígenas haciendo música de otro planeta.

¿Concierto de rock? ¿De jazz? ¿De clásica? De todo un poco. Desde luego no ha sido un concierto de rock “al uso”; ni siquiera de rock progresivo “al uso”. Ha sido un concierto… de música, con todas sus letras, y no parece que nadie que hubiera pagado la entrada lo discutiera… ni le disgustara. Todo lo contrario… Al final, concierto memorable, magistral, fantástico. Cualquier adjetivo se queda corto para la genialidad vivida y escuchada. Es lo que ocurre cuando el protagonista es una leyenda de la música, de la cultura, y además es bueno, muy bueno.

Lo que hemos visto es un lujo, y el envoltorio estuvo acorde con la ocasión. Y… ¡eh!, las cervezas más baratas que en cualquier sala, que no se me va a olvidar… 

Texto: Fernando Galicia Poblet

Fotos: Tony Levin oficial… Recordemos que en estos shows la banda no ha permitido hacer fotos hasta el final del espectáculo ni han acreditado fotógrafos. Así que os ofrecemos esta vez un reportaje fotográfico diferente, de parte del propio bajista del grupo. De hecho podemos ver todas las fotos del concierto de Madrid (de los dos días de hecho) en este enlace

Setlist:

Parte 1:

  • Introductory Soundscapemadrid1bckstsetlist-w880
  • Hell Hounds of Krim
  • Pictures of a City
  • Cirkus
  • Lizard
  • Suitable Grounds for the Blues
  • Vrooom
  • The Court of the Crimson King
  • The Letters
  • The ConstruKtion of Light
  • Interlude
  • Meltdown
  • Radical Action II
  • Level Five

Parte 2:

  • madrid2sndch1setlist-w880Peace: an end
  • Indiscipline
  • Easy Money
  • Epitaph
  • Devil Dogs of Tessellation Row
  • Red
  • A Scarcity of Miracles
  • The Talking Drum
  • Lark’s Tongues in Aspic, Part two
  • Starless

 Bis

  • 21 Century Schizoid Man

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